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Trueno
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[Filosofía] [Friedrich Nietzsche] TP



1)
En base a lo desarrollado en clase y a la bibliografía de la que dispone, elabore una definición propia de “Filosofía”.


La filosofía, es una ciencia (conocimiento de las cosas por sus causas, de lo universal y necesario), que se viene practicando, desde la época de los griegos o era clásica. Fueron ellos, quienes comenzaron por primera vez, a realizarse preguntas profundas por todo aquello que los rodeaba. Por lo mismo, los primeros atisbos de filosofía, se vieron en el campo de la naturaleza.

Y filosofía, es justamente amor por la sabiduría. Comprender con todo aquello, que interactuamos. Justamente, filosofía proviene del griego filos (amor) y sofía (sabiduría).

La gracia de la filosofía, es que esta se hace preguntas últimas. O sea, por aquellas que van en la búsqueda del sentido final, de las cosas. Cada rama de la filosofía, se hace preguntas últimas. Por la finalidad del objeto de estudio de ellas. Es así, como la antropología, por ejemplo, se pregunta cual es la finalidad del hombre. La ética, otra rama, se pregunta cual es la finalidad del actuar del hombre. De hecho, uno de los más grandes filósofos de antigüedad, como fue Sócrates, buscaba un sentido, una finalidad del hombre, el cual defendió el hecho de que la felicidad era el fin del hombre. Fin que depende de las virtudes, parte del estudio de la ética. Pero para la filosofía, la racionalidad, juega un papel fundamental en su estudio y asimismo, en su acción. La racionalidad, es el medio por el cual, podemos conocer lo que nos rodea. Es el punto de partida, para buscar y saber, cual es la finalidad del hombre. Ya Sócrates decía, con respecto a las virtudes y su conocimiento por medio de la razón, “Sólo el que sabe qué es la justicia (la cual es una virtud) puede verdaderamente ser justo y obrar justamente”.

Lo esencial de la filosofía, está en que esta, se cuestiona las cosas con una mayor amplitud de acción, que el resto de las ciencias. Mucho más que las prácticas o las sociales. La filosofía, es el amor de conocer, por conocer. Lo cual puede parecer inútil. Pero no lo es, ya que al no tener una finalidad práctica, es un fin en si mismo. Por lo que es querido. Así, tiene una finalidad, para quienes desean ampliar sus conocimientos. No debemos olvidar, que el conocimiento, es poder. Asimismo, no hay que olvidar, que existen ramas de la filosofía, como la ética, que se estudian con un fin práctico. La ética que se estudia, para mejorar mi actuar frente a la vida. Se dice que todo el mundo filosofa, cuando se hace preguntas últimas. Aquellas que van al centro de la cuestión. Lo más seguro es que lo hacen, ya que siempre el ser humano, ha querido comprender a cabalidad su vida y entorno. Al menos así, comenzaron los primeros filósofos en la Antigua Grecia.


A continuación cito algunas frases de filósofos de renombre
Cita:

La Filosofía es una ciencia crítica que se pregunta por el alcance del conocimiento humano. Kant.
La filosofía es el camino de la experiencia de la conciencia, es decir, el camino hacia el saber. Hegel.
Filosofía es la búsqueda de la verdad como medida de lo que el hombre debe hacer y como norma para su conducta. Sócrates



2)
¿Considera que es importante el espacio de “Filosofía de la Educación” en la formación docente? Justifique su respuesta


El estudio de la filosofía tiene la formación de la conciencia y actuación crítico- reflexiva de los ciudadanos, requisitos indispensables en la sociedad del conocimiento y la información, y más concretamente en la de los docentes, como responsables últimos de la formación de aquellos.
La filosofía es un instrumento funcional integrador del conocimiento y de la experiencia humana- profesional, pues relaciona, en una diacronía histórica, el origen y desarrollo critico de todos los saberes, a través de lo cual el docente alcanza a desarrollar su capacidad critica, objetiva y consciente, a partir de su realidad pensada, configurándose, la filosofía como un elemento imprescindible de una solida formación humana.
Hoy por hoy cuando se habla del tema de mejoramiento de la calidad de la educacion se piensa casi de forma simultánea en la figura del docente. La razón es simple, sin el, cualquier intento por fortalecer este aspecto, fracasara.

La filosofía puede ayudar a una transformación profunda de la escuela en la medida en que ésta asuma
como finalidad principal no tanto enseñar a aprender sino enseñar a pensar.

3)
Seleccione a uno de los filósofos o científicos que se encuentran en la lista que se halla a continuación y desarrolle los puntos establecidos.


Mi Eleccion fue Friedrich Nietzsche
-Biografía. -Preocupación. -Filosofía.
-El hombre y el ultrahombre (o superhombre)



Friedrich Nietzsche

(Röcken, actual Alemania, 1844-Weimar, id., 1900) Filósofo alemán, nacionalizado suizo. Su abuelo y su padre fueron pastores protestantes, por lo que se educó en un ambiente religioso. Tras estudiar filología clásica en las universidades de Bonn y Leipzig, a los veinticuatro años obtuvo la cátedra extraordinaria de la Universidad de Basilea; pocos años después, sin embargo, abandonó la docencia, decepcionado por el academicismo universitario. En su juventud fue amigo de Richard Wagner, por quien sentía una profunda admiración, aunque más tarde rompería su relación con él.



La vida del filósofo fue volviéndose cada vez más retirada y amarga a medida que avanzaba en edad y se intensificaban los síntomas de su enfermedad, la sífilis. En 1882 pretendió en matrimonio a la poetisa Lou Andreas Salomé, por quien fue rechazado, tras lo cual se recluyó definitivamente en su trabajo. Si bien en la actualidad se reconoce el valor de sus textos con independencia de su atormentada biografía, durante algún tiempo la crítica atribuyó el tono corrosivo de sus escritos a la enfermedad que padecía desde joven y que terminó por ocasionarle la locura.

Los últimos once años de su vida los pasó recluido, primero en un centro de Basilea y más tarde en otro de Naumburg, aunque hoy es evidente que su encierro fue provocado por el desconocimiento de la verdadera naturaleza de su dolencia. Tras su fallecimiento, su hermana manipuló sus escritos, aproximándolos al ideario del movimiento nazi, que no dudó en invocarlos como aval de su ideología; del conjunto de su obra se desprende, sin embargo, la distancia que lo separa de ellos.

Entre las divisiones que se han propuesto para las obras de Nietzsche, quizá la más sincrética sea la que distingue entre un primer período de crítica de la cultura y un segundo período de madurez en que sus obras adquieren un tono más metafísico, al tiempo que se vuelven más aforísticas y herméticas. Si el primer aspecto fue el que más impacto causó en su época, la interpretación posterior, a partir de Heidegger, se ha fijado, sobre todo, en sus últimas obras.

Como crítico de la cultura occidental, Nietzsche considera que su sentido ha sido siempre reprimir la vida (lo dionisíaco) en nombre del racionalismo y de la moral (lo apolíneo); la filosofía, que desde Platón ha transmitido la imagen de un mundo inalterable de esencias, y el cristianismo, que propugna idéntico esencialismo moral, terminan por instaurar una sociedad del resentimiento, en la que el momento presente y la infinita variedad de la vida son anulados en nombre de una vida y un orden ultraterrenos, en los que el hombre alivia su angustia.

Su labor hermenéutica se orienta en este período a mostrar cómo detrás de la racionalidad y la moral occidentales se hallan siempre el prejuicio, el error o la mera sublimación de los impulsos vitales. La «muerte de Dios» que anuncia el filósofo deja al hombre sin la mezquina seguridad de un orden trascendente, y por tanto enfrentado a la lucha de distintas voluntades de poder como único motor y sentido de la existencia. El concepto de voluntad de poder, perteneciente ya a sus obras de madurez, debe interpretarse no tanto en un sentido biológico como hermenéutico: son las distintas versiones del mundo, o formas de vivirlo, las que se enfrentan, y si Nietzsche ataca la sociedad decadente de su tiempo y anuncia la llegada de un superhombre, no se trata de que éste posea en mayor grado la verdad sobre el mundo, sino que su forma de vivirlo contiene mayor valor y capacidad de riesgo.

Otra doctrina que ha dado lugar a numerosas interpretaciones es la del eterno retorno, según la cual la estructura del tiempo sería circular, de modo que cada momento debería repetirse eternamente. Aunque a menudo Nietzsche parece afirmar esta tesis en un sentido literal, ello sería contradictorio con el perspectivismo que domina su pensamiento, y resulta en cualquier caso más sugestivo interpretarlo como la idea regulativa en que debe basarse el superhombre para vivir su existencia de forma plena, sin subterfugios, e instalarse en el momento presente, puesto que si cada momento debe repetirse eternamente, su fin se encuentra tan sólo en sí mismo, y no en el futuro.



Autobiografía Friedrich Nietzsche

MI VIDA Por Friedrich Nietzsche

[Septiembre, 1863]




¿Cómo esbozamos un retrato de la vida y el carácter de una persona que hemos conocido? En general, exactamente igual que como se esboza el de una región que hemos visitado alguna vez. Tenemos que representarnos sus particularidades fisonómicas: la naturaleza y forma de sus montes, la fauna y la flora, el azul del cielo; todo esto, en su conjunto, determina nuestra impresión. Pero, precisamente aquello que primero salta a la vista, la masa de las montañas, la forma de los roquedales, no proporciona en sí mismo el carácter fisonómico propio de una región: en distintas extensiones de tierra, como grupos que se atraen y se repelen, surgen según leyes idénticas idénticos tipos de montes, las mismas configuraciones de la naturaleza inorgánica. Algo distinto ocurre con la naturaleza orgánica. Sobre todo en el reino vegetal se encuentran los rasgos más sutiles para un estudio comparativo de la naturaleza.

Algo parecido sucede cuando queremos contemplar una vida humana y valorarla con justicia.

No debemos dejarnos guiar por los acontecimientos ocasionales, los dones de la fortuna, los giros caprichosos del destino, pues sólo son el resultado de la coincidencia de circunstancias externas que, similares a las cimas de las montañas, son las primeras que saltan a la vista. En cambio, precisamente aquellas experiencias mínimas, aquellos acontecimientos interiores a los que no damos importancia, son los que con más claridad muestran la totalidad del carácter de un individuo, pues se desarrollan orgánicamente según la naturaleza humana, mientras que los otros no le pertenecen, sólo están unidos con él de forma inorgánica.


Después de esta introducción parecerá como si yo deseara escribir un libro sobre mi vida. De ningún modo. Solamente quiero señalar cómo comprendo los acontecimientos vividos que narraré a continuación. Esto es, tal y como lo haría un apasionado naturalista que reconoce en sus colecciones de plantas y minerales, clasificadas según los distintos terrenos, la historia y el carácter de las que examina; en contraposición al niño ignorante que sólo ve en ellas piedras y plantas para jugar y divertirse y del utilitarista que las contempla orgullosamente con desprecio, ya que las considera inútiles al no servir ni para alimento ni para vestido.

Como planta, nací cerca del camposanto; como hombre, en la casa de un párroco de aldea.


¿Y a santo de qué ese tono tan profesoral? Puede ser, pero, en todo caso, no deseo excusarlo. ¿Qué más puede hacer una introducción para mejorar la vida que instruir, si la vida misma no instruye? Y estas noticias escuetas de mi vida ni podrán instruir ni entretener; son como piedras lisas; pero, en realidad, esas piedras son hermosas, con su coraza de musgo y tierra.

Al lado de la carretera comarcal que va desde Weißenfels hasta Leipzig y que pasa por Lützen, se halla la villa de Röcken. Se encuentra rodeada de sauces, álamos y olmos aislados, de modo que desde lejos sólo se ven sobresalir las elevadas chimeneas de piedra y el antiquísimo campanario sobre las verdes cimas. En el interior del pueblo hay anchos estanques separados unos de otros por estrechas franjas de tierra. En torno a ellos, verde frescor y nudosos sauces. Algo más arriba se encuentra la casa parroquial y la iglesia; la primera está rodeada de jardines y de prados arbolados.

Muy cerca se halla el cementerio, repleto de lápidas semienterradas y de cruces. Tres acacias majestuosas de amplias ramas dan sombra a la propia casa parroquial.

Aquí nací el 15 de octubre de 1844 y, a causa del día de mi nacimiento, se me bautizó con el nombre de «Friedrich Wilhelm». El primer acontecimiento que me conmocionó cuando aún estaba formándose mi conciencia fue la enfermedad de mi padre. Era un reblandecimiento cerebral. La intensidad de los dolores que sufría mi padre, la ceguera que le sobrevino, su figura macilenta, las lágrimas de mi madre, el aire preocupado del médico y, finalmente, los incautos comentarios de los lugareños debieron de advertirme de la inminencia de la desgracia que nos amenazaba. Y esa desgracia vino: mi padre murió. Yo aún no había cumplido cuatro años.

Algunos meses después, perdí a mi único hermano, un niño vivaz e inteligente que, presa de un ataque repentino de convulsiones, murió en unos instantes.

Así pues, tuvimos que abandonar nuestra tierra; al atardecer del último día jugué aún con muchos niños y me despedí de ellos, al igual que de todos mis lugares queridos. No pude dormir; nervioso y malhumorado daba vueltas en mi lecho hasta que, finalmente, me levanté. En el patio se cargaban varios carros; la tenue luz de una linterna iluminaba la escena. En cuanto amaneció se engancharon los caballos; partimos en medio de la bruma matinal hacia Naumburg, la meta de nuestro viaje. Aquí, al principio con timidez, luego algo más espabilado, pero siempre con la dignidad de un pequeño filisteo envarado, comencé a conocer la vida y los libros. En Naumburg aprendí también a amar la naturaleza representada en sus hermosos bosques, valles, castillos y fortalezas y a querer a los seres humanos en la persona de mis parientes y amigos.

Comenzó también la época del gimnasio y, con ella, los nuevos intereses y las nuevas inquietudes. Sobre todo fue entonces cuando germinó mi inclinación por la música, a pesar de que el comienzo de las clases casi contribuyó a erradicarla en sus raíces. Mi primer maestro fue un maestro de capilla, con todos los encomiables defectos de un maestro de capilla y, además, de uno jubilado, sin ningún mérito especial.

Finalmente, y con la debida lentitud de rigor, llegué a tercero. Ya era tiempo de salir del círculo materno, de desacostumbrarse por fin a esa rutina que es tan nefasta para la vida práctica. Poseía en mí la ciencia de algunas enciclopedias, todas mis posibles inclinaciones se habían despertado ya, escribía poemas y dramas horripilantes y mortalmente aburridos, me martirizaba con la composición de música sinfónica y se me había metido en la cabeza la idea de adquirir un saber y un poder universales, tanto que me hallaba en peligro de convertirme en un completo cabeza de chorlito y en un visionario.

Por eso me vino muy bien, desde todos los puntos de vista, en calidad de alumno interno de la escuela provincial de Pforta, dedicarme durante seis años a concentrar mis fuerzas y dirigirlas hacia metas muy concretas.

Todavía no he dejado atrás esos seis años; sin embargo, puedo considerar ya maduros los frutos de este período, pues siento sus efectos en todo lo que actualmente emprendo.

Así pues, puedo mirar con agrado casi todo lo que me ha ocurrido, ya sean alegrías o penas; los acontecimientos me han conducido hasta ahora como a un niño.

Ya va siendo hora, tal vez, de tomar yo mismo las riendas de los acontecimientos y entrar de lleno en la vida.

Y de este modo el hombre se libera de todo aquello que lo encadena; no necesita dinamitar las rocas, sino que, inesperadamente, éstas caen por sí solas cuando un dios se lo ordena. Y ¿dónde está el grillete que al final aún le aprisiona? ¿Es el mundo? ¿Es Dios?






Nietzsche comprimidos para niños y adolescentes


Nadie supo cuando nació, ni donde ni por que vino a este mundo, de hecho solo se lo conocía por su retórica. Algunos suponían se trataba de un hombre sabio, otros de un hombre loco, pero los más, solo lo ignoraban. Caraestraste había convertido el silencio en su mejor silogismo y su expresión facial en su mejor semántica. Una palabra y un gesto construían un texto, y dos oraciones redundaban en teatralización. Su adusto semblante era una carta de presentación, pero su inquina desafiante plegaba en dobleces la misma extravagancia sobre toda razón.

En cada rincón se ocultaba el leit motiv de un reclamo, y en cada gusano azuzaba la demanda de una tierra que decía aborrecer. Con cada paso, sus pensamientos se detenían, como quién detiene el tiempo, para padecer en el infinito. En esa aura de omnisciencia uncía a su yugo la conciencia, en la apariencia de alguien que domina el inconsciente.

Ante un “Buen día Don Caraestraste”, solía responder: “no sé qué tiene de bueno, los días son todos iguales”. Y ante trivialidades tales: “¿cómo se siente hoy señor?, contestaba: “no entiendo por qué habría de preocuparle semejante tontería, si ni a mí mismo me importa”, y a veces, solo en raras ocasiones acotaba: “a usted realmente no le interesa como me siento, y su afán por arrancarme del sosiego es su fuente de menosprecio. Si usted supiera como se siente, no estaría mascullando en este momento”.



Este tipo de diálogo, solía dividir las aguas entre osados y comunes. Esos pocos iluminados por destellos de divinidad, eran quienes se animaban a repreguntar. Los demás, huían despavoridos, absortos, indignados, los muchos, extasiados en odio y malhumorado fervor. Caraetraste despertaba pasiones, y solo su porte cansino, longevidad y fama de pocas pulgas, lo inmunizaban de la golpiza.

Solo los niños rompían tal ladino karma, y si eran pobres, agigantábase el ariete. Había un vínculo especial entre Caraestraste con la niñez. Quizás hallaba redención en la esperanza, tal vez si tenía una misión para su eterna nada. No repartía golosinas, pero les enseñaba el valor de la dulzura, no entregaba regalos, pero les enseñaba a visualizar su inutilidad, no le daba monedas, pero les enseñaba a serle indiferente, no le daba consejos, pero les enseñaba a vivir. No les enseñaba lo que debían buscar, sino lo que realmente era importante en este universo. No les enseñaba a reír, pero si les mostraba las alas francas de la magia en el sufrimiento. Nunca les habló de la luz, solo les enseñó como prescindir de la oscuridad en los sentimientos. Jamás les habló de perdón, solo les indicó como desandar el sendero de los propios miedos.



No pudo mencionar la palabra felicidad, pero con cada momento compartido fueron felices.

Pero esos niños crecían y como todo adulto olvidaban. La memoria de un adulto se torna su peor enemigo, y solo el niño que llevamos dentro es quien nos recuerda la enseñanza de Caraestraste. Los adultos son quienes asesinan a los niños, les condenan de por vida al infierno de la cotidianidad. Los arrojan al supramundo de las cosas para que pierdan su humanidad. Ese niño muere como niño y se transforma en un hito, un fantasma, un capricho. Deja de ver lo real, para deambular errante, vagabundo y sin sentido, para que las cosas inanes e inertes piensen por él. Fatídico destino el del niño educado como para amar las cosas en detrimento de lo trascendente, y aunque se intuya como decadente, el adulto no puede parar.

Tampoco los adultos son dignos de suicidio, en el culto de esta vida, todos juntos os habréis de matar, y que ese niño tutelado no nazca jamás mientras vivan.



Caraestraste hace mucho tiempo se enfrentó con la sociedad, hizo un barco a sus ansias y se indultó en libertad. Que los otros hagan su vida, yo bregaré por la humanidad. Y así fue, como contra toda corriente y marea se quedó solo, enfrentado a la “verdad”. Eligió sus mejores compañías y salió a naufragar. Cuando la primer gran ola, se entendió lo que había querido pregonar, pero resultó tarde, lo temprano es reiniciar. Dicen que por esos tiempos se llamaba Noé, algunos forasteros lo recuerdan por Gilgamest. Poco importa su pasado, Caraestraste es inmortal en su mortalidad, y solo su amor por la vida, lo mueve a perseverar. Nazca el niño nuevamente, pero que no crezca jamás. Los hombres de grande se vuelven pequeños, hasta llegar a ser menos insignificante que las cosas que necesita para ser alguien, y en medio de tan famélica alma, mil veces maldecirá la realidad.

Vaya paradigma, para salvar la humanidad, es menester que desaparezcan los hombres, que al polvo vuelvan los que de polvo son. Quizás la quimera de la carne y la razón, termine en el rincón de donde salió, y que cada ilusión recupere la otrora ignota dimensión.



Conocí a cancerbero de cachorro, es hora de soltarle la cadena, y que la sirena con sus huestes se levante de su siesta, en su canto la señal. Pobre niño que nunca nació, al tronar de las tribulaciones os habréis de salvar. Querubines, colibríes y serpientes han de cuidar al nonato, y ante el parto de la nueva vida, los magos sin regalos os habrán de bendecir. Que cuando coma de la manzana, nadie lo quiera condenar, y que cuando conozca su Eva, las cosas queden en su lugar. Caraetraste implora ante el pasado que el futuro se haga presente, y que el ausente quede como está. Dadle al niño desnudez, y entregadle divinidad. Que el hombre sea Dios, nadie se interponga en tal comunión, nada más hermoso que reunir devoción en el amor, y aunque alguno sea el impostor, cederá el dador para que uno mitigue al otro, y el otro sea yo.

El superhombre es el niño por nacer en soledad, quién habrá de crearse en soledad, para que aprenda sin los hombres, que la vida no es búsqueda infame, desenfrenada e histérica por capital. Ese superhombre que necesita de si, para sí y por si, para que prevalezca sobre las cosas como espíritu, alma y corazón. Quizás la razón no sea razón, y el bien se amalgame con el mal. Muera también Caraestraste, el misántropo, ya no tienes que enseñar. Y en el inframundo, esos viejos hombres, en la reflexión profunda, austera y divina encontrarán ese niño nuevo, sano, impoluto, incorruptible, que os habrá de salvar del magno lozadal de remordimiento. Pero que la llama eterna de la expiación sea diáfana, que duela, que marque, que no nos haga olvidar. Nadie aprende de la felicidad, pues que el miedo final sea el claustro, y la maestra: oportunidad.











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